Revistas: La novia de Tyson
Mayo 7, 2008Lo que sigue es la última intervención, a cargo de Rodolfo Edwards, de la mesa dedicada a las revistas poesías, en el Centro Cultural de la Cooperación, espacio Juan L. Ortiz. Edwards (Buenos Aires, 1962) es autor de seis libros, Culo criollo, ¡That´s amore!, Los Tatis, ¡Vamos con esas imágenes!, Mosca blanca sobre oveja negra. Dirigió revistas literarias como La mineta y La novia de Tayson, además de participar en 18 whiskys.
Edwards: Cuando Carlos (Juárez Aldazabal) me convocó para participar de esta mesa, lo que me parecía interesante es que los cuatro invitados representamos diferentes épocas no sólo de la poesía, de la literatura, sino del país. Cualquier cosa que uno haga siempre hay que ubicarla al momento que uno está viviendo, sino uno es un autista, se mira al ombligo y es un tarado. Diario de Poesía salió en el año ’86 y tuvo mucha influencia en ese momento. Salió con todo, con muchos ejemplares en la calle, una distribución muy diferente a la que tenía La Danza del Ratón, XUL o Último Reino, sino que se vendía más como una revista más en los kioscos de diarios.
A mediado de los años ’80 ya estaba escribiendo. Tenía unas cosas escritas y unas lecturas que no tenían nada que ver con Último Reino, a mí el romanticismo no me interesaba demasiado, y menos con XUL, el concretismo no me interesaba como práctica. Venía leyendo a Nicanor Parra, a César Fernández Moreno, Juan Antonio Vasco. No veo a nadie leyendo estas cosas. Por esa época había escrito un cuento en el que me encontraba con un grupo de poetas en un bar a charlar de poesía. Una cosa que yo había imaginado. En esa época tenía un programa (radial) en Nacional y ese cuento lo conté al aire. Por las cosas de la vida, se dio en la realidad.
Se me ocurrió con un grupo de amigos, Juan José Peroroso, Jorge Spíndola, otro gran poeta de Trelew, que ahora va a venir a la Feria (del Libro), hacer una revista. Propuse hacer una cosa más dinámica, rápida, que se pueda repartir de mano en mano e hicimos unas fotocopias. Empezamos a pegar poemas nuestro mecanografiados. Los pegábamos y dibujitos, frases y cosas. Había que buscar un nombre. Yo pensaba: Último Reino, esa cosa de poeta, encerrado en la torre de cristal, alejado de la realidad, y a mí se me ocurrió ponerle La mineta. Es una palabra muy lunfarda. Según el diccionario de José Gobello, significa caricias linguales en los genitales femeninos. Entonces, nosotros nos defendíamos como un grupo de poesía oral latinoamericana y debajo decía “el arte de la lenguita”. Ya estábamos en otra época y nosotros queríamos de esa manera provocar un shock lógicamente. Y también con la forma que publicamos y la forma de distribuirla. La distribución era en librerías, de mano en mano, en la calle. Una cosa muy espontánea. Después vino gente de la facultad (de Letras), de otros lados. Nos juntábamos en un bar. Se acercó Fabián Casas, José Villa, Daniel Durand, lo que ahora se llama como la generación del ’90 estaban en La mineta.
18 whiskis fue posterior. Sale con una idea bastante diferente. Fue una revista profesional. Me llamaba la atención lo que decía Rodolfo (Alonso) sobre el plan que cumplió Raúl Gustavo Aguirre de sacar 30 números en 10 años. El plan de 18 whiskys era sacar 18 en un período de tiempo no determinado, pero salieron solamente dos números. De La mineta salieron 12 números. La mineta era esto (muestra una hoja fotografiada de ambos lados) pero sirvió para dar una generación. Teníamos muy clara la idea de salir del gheto de la poesía. Buscábamos –quizás ingenuamente- (entre los tres integrantes fundadores) que la poesía pueda ser leída por cualquier persona, que no hacía falta ser poeta, que no hacía falta leer muchos libros, sino que la poesía podía ser leída por todo el mundo. Lógicamente después en el grupo comenzaron las tensiones. Del grupo no quedo nadie de los tres que la fundamos. Porque Diario de Poesía nos cooptó y ahí empezaron las discusiones sobre las ideas de distribución, la función del poetas y un montón de cosas. Lo que yo valoro de esa época el estado de debate en el que estábamos. Éramos un grupo fervorosamente lector. Mucha gente se confunde y nos dicen que nosotros éramos unos borrachos. Nosotros leíamos todo el tiempo. Ibas a la casa de Durand y no tenía libros en castellano, eran todos libros en inglés. Se pasaba traduciendo cosas. Todos éramos muy lectores, pero teníamos una actitud muy vital.
Ya en La novia de Tyson ya era otra época del país y mía. Cuando sale la poesía no tenía lugar que hoy tiene en la literatura, dentro de lo que es el campo intelectual de la literatura. Yo escucho a Piglia hablando de poesía, diciendo que va a salvar el mundo. Eso en los ’80 no lo decía. La novia de Tyson ya estaba enclada lo que fue el boom de la poesía, de las editoriales chicas, de las lecturas, de las performance, y en el medio de todo ese manemagnum de éxito de la poesía salió La novia de Tyson. Una experiencia muy diferente.
El humor es algo que yo siempre trato de mantener en todos mis proyectos. Sean revistas, lecturas, sea mi propia obra. El humor es una cosa que viene desde el fondo de los tiempos. No es algo que inventó Tinelli, ya lo hacía Rebelais. En todos lados hay humor. El humor me parece una cosa maravillosa para comunicar, para decir.
La novia de Tyson la hacíamos cinco personas. Salieron cinco números entre los años ’98 y 2004. Se hacía un número por año. No solamente escribíamos, también hacíamos películas, cortos, actuaciones, pequeñas obras de teatro. Ya había una mezcla con otros lenguajes. Ya no nos alcanzaba la poesía, la mezclábamos caóticamente con otras cosas.
Primera parte: Poesía Buenos Aires
Segunda parte: La Danza del Ratón